Como cuatro puntos cardinales

24 Oct

Equilibrio en plomo

Hay lugares redondos que acogen

y sostienen muchas iridiscentes ideas;

ahí a veces ha caído mi mirada encontrando

signos y repercusiones de antiguas vibraciones.

No ha sido culpa del tiempo el ventisquero loco

y un poco arruinado, sino que entre pergaminos

se fueron desvaneciendo las pupilas

hasta encerrarse en el cristal frío y duro.

No hay lágrimas, pero hay aullidos que escapan

y auguran más dolor que la amargura;

como unos colmillos filosos irán llegando

recuerdos mojando y diluyendo algunos delirios

que entre flores han sido olvidados los cinceles.

Sólo una voz quemada, algo arrugada, sobrevive,

busca y figura concentraciones como sistemas

o giros entre balanzas que desmiembran la palabra

llevando y ejerciendo órbitas sin compás ni medida

donde la única línea rompe las ataduras de la escuadra.

Y llena de sangre está la voz, que alcanza, que abraza

desde ciénagas, desde bahías, entre cantos de manatíes:

rompiendo los vasos, destilando los granos

ha cambiado las imágenes en el centro de mi cerebro:

ha vaciado años que no comprenden la memoria:

avanzando hacia la cumbre de plumas e iluminaciones

son fraternas las pupilas que encierran mi equilibrio en plomo.

Posibilidades

El sol o el lado oscuro de la luna

Silencio o la danza del escándalo

Grano de azúcar o una ola perfumada

Desnudez o vestidura de árbol

Cordura o la locura más nítida

Todo el universo o la reunión de la nada

Realidad o la manifestación del sueño

Sabiduría o ignorancia erudita

Sensaciones o la profundidad de la piel

Caricia o golpe de piedra

Música o revolución de vihuelas

Movimiento o estática perene

Descanso o vibración del alma

Gota de sangre o aplauso de metal

Mirada profunda o párpado transparente

Jícara dormida o vaso de cristal

Lluvia o bóveda azul

Sed o todo el mar

Fuerza o plumas de fuego

Pasión o instinto desgarrado

Todo el tiempo o breve eternidad

Palabras o jeroglíficos de agua

Poemas o seres ardientes

Hambre o alimento innecesario

Polvo o humanidad evanescente

Certeza o fingida esperanza

Calor de fuego o abrigo de nieve

Estrellas o lluvia de luciérnagas

Soledad o silenciosa multitud

Libertad o todas las cadenas

Dios o todos los demonios

Vivir o morir viviendo

Morir o vivir muriendo

La danza de los alfileres

Sostienen láminas de piel metálica

el reflejo espumoso del viento caído;

desbaratando órbitas de insectos

eléctricos, las perpendiculares hojas

del tiempo elevan su testimonio.

Como persiguiendo el canto de escorpiones

entre pájaros de agua adormecida,

un velo de cristal desmenuzado sobreviene

e impone iridiscencias sobre corolas

entumecidas por el aliento de animales

que sufren la agitación de la ternura.

Hay, tal vez, un sonido tumefacto

comprimiendo en la saliva, algunas

mariposas verdes de artefactos

que no soportan estirarse, y rompen

el horizonte como huevos de serpiente.

Llegando entre sortilegios o girando

como el tiempo, el sol vacía su estómago

y claudica sobre ojos que descansan

al veneno, imitando movimientos

que enervan y alborotan las olas crepusculares.

Viene pisando, socavando la memoria

o quizás fumando antigüedades de oro,

un ángel difuminado entre espesuras

de arboledas, donde ríen y celebran

las vírgenes elegidas por la sombra.

Forma busca y estipula el agua

donde hierve y acude el sonoro gemido

de la luz. Sin embargo, sobre ventisqueros

desnudos apuntala su lengua y derrite

todas las uvas del silencio enfurecido.

Trae la substancia transparente, otra

envoltura descubierta, con que la tierra

enrolla y examina, sus vestidos duros

de madre imaginada. Son los ecos

aceitosos los más lentos signos del movimiento.

Cae y sobresale entre jaguares, de piel

fermentada o comprimida, el veneno

artesanal de la inocencia, con que ancianos

circulares atribuyen amplitudes

al fuego dibujado entre las flores.

Aquí recibe y establece la carne

los dolores primitivos del sentido.

Entre agujeros amarrados con cabello,

sepultados de sudores tangerinos,

acuden los conceptos al salitre humedecido

de la voz crucificada por los sueños.

Todos los sabores regresan y evaporan

la conciencia, y en desorden huyen

estrellas enflaquecidas de aguijones:

sembraron verduras de intrigante destino

que palpita oscurecido en el firmamento.

Todos los poros se abren y reciben néctar

como cunas penetradas por sigilos:

danzan los alfileres.

3

Inerme caigo al fondo del precipicio

donde mueren todas mis necesidades;

en esta oscuridad mis voluntades

en altar de piedra son el sacrificio.

El silencio como cruel cilicio

tortura las mentiras y las verdades;

cambian mis ilusiones y realidades

dejándome sin virtud y sin vicio.

El tiempo sólo es una quimera.

Nada valen las horas y los días.

No existe invierno ni primavera.

Se esfuman los deleites y agonías

abandonándome en soledad entera

donde sólo hay lentas poesías.

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