Aventura y circunstancias

20 Nov

Cuento

La sangre fluía de la herida de su brazo izquierdo con abundancia y sin dar muestra de querer detenerse. La herida causada por el machete afilado como un trueno, era profunda y  llegaba hasta el hueso, abriendo un canal rojo de carne y viscosidades. El hombre iba en el asiento trasero del auto presionando su brazo, intentando detener la sangre que manaba y que parecía llevarse su vida. El dolor no estaba presente. Preocupado por huir de ese lugar, solo pensaba en su herida como un estorbo. Entregaba totalmente su destino en manos de su compañero que conducía. El conductor, sin heridas graves, pero cubierto de rasguños y manchado de sangre, manejaba con todo el cuidado que le permitía la desesperación. El camino tampoco facilitaba la huida. El camino que habían tomado era uno de los escasos modos de adentrarse a la selva. Además, el único rastro de camino eran las marcas que dejaban las carretas y las mulas que pasaban por ahí e iban a las comunidades aborígenes.

Todo fue inesperado desde su llegada. El recibimiento por parte de los habitantes no fue nada agradable, y menos lo fue la despedida, prueba de ello eran las heridas en sus cuerpos. Ahora sólo querían salir de aquél lugar maldito y llegar a algún camino conocido para buscar un sitio donde pudiesen ser curados.

La noche estaba espesa entre los árboles y las sombras confundían el camino; todo era difuso y siniestro como una pesadilla de muerte. Tal oscuridad no dejaba esperanza alguna para ambos viajeros.

Entre la penumbra del bosque lograron vislumbrar una construcción, como una casa antigua y grande. El conductor ayudó a su compañero quien, por la pérdida de la sangre ya estaba moribundo y débil. Entrando en la casa vieron unos personajes flemáticos y raquíticos como árboles marchitos. No más de tres segundos pasaron cuando las personas del lugar vestidas de blanco se acercaron hacia los hombres que permanecían en el umbral de la puerta. El herido, con la poca conciencia que le quedaba logró distinguir a unos seres fantasmagóricos que se dirigían hacia él y sujetaban su cuerpo con sus frías y duras manos.

 

1

Cuando abrió los ojos distinguió a su compañero en una cama a su lado. Se sentía débil y mareado. Su compañero recobraba también el sentido y cuando se miraron su amigo tenía la mirada desconcertante y abismal. Un terror desesperante invadió su cuerpo, y cuando miró a ver su brazo, descubrió el muñón vendado. Su dolor emergió como un grito histérico.

En el centro hospitalario tuvieron que amputarle el brazo por la gravedad de la herida, y su compañero dio parte de su sangre para salvarle la vida.

 

2

Los ojos secos del hombre parecían caídos en un pozo de sufrimiento. Las heridas de su cuerpo eran soportables pero sanaban con lentitud. De pie, cerca del gran agujero en la tierra, miraba cómo toda su desgracia se hundía en un ataúd donde se encontraba el cuerpo sin sangre y con el brazo izquierdo destrozado de su amigo.

 

 

 

3

Ahora se disponían para realizar, cada uno, distintos viajes de distintas maneras. No sólo cada uno llevaría diferente ruta, sino que realizarían varios viajes al mismo tiempo y a diferentes lugares. El brazo herido no se pudo salvar, pero el resto se encontraba en buen estado. Los corazones irían al norte del país, donde eran más solicitados. Hígados, pulmones, riñones, serían dispersados por los cuatro puntos cardinales del país, quizás hasta del mundo. Pero ninguno tendría conciencia de esos viajes. La noche anterior su desgracia los condujo hasta un centro clandestino de tráfico de órganos.

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